Edición de servando rocha. hubo un tiempo, no hace mucho, en que el tatuaje estaba reservado a una tropa formada por criminales, apaches, presidiarios, legionarios, prostitutas, anarquistas o marineros. aunque también se puso de moda entre la realeza europea o exhibía en circos y espectáculos de fenómenos. su uso, un código secreto en manos de fueras de la ley, despertó la fascinación e interés de numerosos antropólogos, criminólogos y médicos que, siguiendo las ideas del italiano cesare lombroso padre de la antropología criminal , veían en el tatuaje un signo de atavismo y predisposición a la locura, violencia y asesinato, y los tatuados rarezas y seres misteriosos. en españa, desde que en 1888 rafael salillas, nuestro «pequeño lombroso», mostrase su colección de tatuajes de delincuentes patrios, los tatuados, que fueron fotografiados y estudiados, sembraron el terror y desconcierto: oleadas de apaches con el cuerpo cubierto de dibujos obscenos y llamadas a la venganza, llegaban a ciudades como madrid, barcelona o bilbao, entre otras, al tiempo que defendían la bohemia más hampona. más tarde, milicianos
